La crisis del agro se profundiza y los productores aseguran que la actividad atraviesa uno de sus momentos más delicados. Los costos de producción aumentan de manera constante, mientras los precios que reciben por sus frutas y hortalizas permanecen prácticamente estancados.
Salarios, combustible, electricidad, fertilizantes, agroquímicos, repuestos, maquinaria y mantenimiento representan cada vez un mayor esfuerzo para quienes sostienen una finca. En algunos casos, productores con décadas de experiencia aseguran que venden su producción a valores similares a los de hace tres o cuatro años, pero con costos que se multiplicaron.
La ecuación es cada vez más difícil: producir cuesta más, invertir cuesta más y la rentabilidad desaparece.
El problema alcanza incluso a quienes apostaron durante años por mejorar sus explotaciones. Sistemas de riego por goteo, mallas antigranizo, galpones, maquinaria e infraestructura requieren inversiones importantes, pero hoy muchos productores tienen dificultades para recuperar siquiera lo destinado a mantener la producción.
A esta situación se suma la dificultad para acceder a créditos que realmente se adapten a los tiempos del agro. Las inversiones productivas necesitan años para recuperarse, pero las condiciones financieras muchas veces no acompañan esa realidad.
Así, el productor termina utilizando sus propios recursos o endeudándose para poder mantener una actividad que cada vez deja menos margen.
Y mientras tanto, ¿dónde están los gobiernos?
El reclamo apunta tanto a las autoridades locales como al Gobierno provincial. Los productores cuestionan que, pese a conocer desde hace tiempo la situación, las respuestas continúan siendo insuficientes.
No alcanza con discursos sobre la importancia del campo, las economías regionales o el esfuerzo de quienes producen. Cuando el productor está al límite, quienes gobiernan tienen la obligación de levantar la mano para ayudar y defender al sector, no solamente para aprobar leyes o administrar recursos.
El silencio y la falta de respuestas también tienen consecuencias.
Si una finca deja de ser rentable, puede terminar reduciendo su producción, abandonando cultivos o directamente dejando la actividad. Y cuando una finca desaparece, también se pierde empleo, movimiento comercial y una parte fundamental de la economía regional.
El campo no está pidiendo que le regalen nada. Está reclamando condiciones para trabajar, producir y vivir de su esfuerzo.
Los productores ya hicieron su parte. Invirtieron, trabajaron, se tecnificaron y siguieron apostando por la producción aun en los momentos más difíciles.
Ahora esperan que quienes tienen responsabilidades de gobierno hagan la suya.
Porque mirar hacia otro lado mientras el agro se hunde también es una forma de tomar posición.








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